CHAMBERÍ cruza el Mediterráneo: una estación de metro, infinitos destinos.

Santanyí, Mallorca | 17 de octubre de 2026

Hay viajes que se miden en kilómetros y otros que se miden en emociones. El nuestro, esta vez, ha tenido un poco de ambos.

El pasado 17 de octubre, CHAMBERÍ cruzó el Mediterráneo para llegar a Teatre Principal de Santanyí, Mallorca. Y para nosotros, aquello significó mucho más que una nueva representación.

Llevar una estación de metro del Madrid de 1960 hasta una isla no es tarea sencilla. Detrás de cada función hay kilómetros de carretera, travesías en barco, desplazamientos, montajes, coordinación, nervios, cansancio y muchas horas de trabajo que el espectador no ve. Pero también hay ilusión, expectativas y esa emoción difícil de explicar que sentimos quienes hemos elegido hacer del teatro nuestra forma de vida.

Esta vez, además, nos acompañaba una pregunta: ¿cómo recibiría el público de Mallorca una historia tan vinculada a Madrid, a su memoria y a una estación de metro que forma parte de su pasado?

La respuesta llegó sobre el escenario.

Una estación de metro que nos lleva mucho más lejos

En Santanyí descubrimos algo que, de alguna manera, CHAMBERÍ llevaba tiempo queriendo decirnos: que su historia no pertenece exclusivamente a Madrid.

Da igual dónde levantemos esa estación de metro. Da igual cuántos kilómetros la separen del barrio que le da nombre. Porque, cuando las actrices comienzan a habitarla, ese andén deja de ser únicamente un lugar físico para convertirse en un espacio donde cada espectador puede encontrarse con su propia memoria.

Hay quien regresa a su infancia. Quien vuelve, por un instante, a su juventud. Quien reconoce en un gesto, en una palabra o en un silencio a su madre, a su abuela o a alguien que ya no está.

Y entonces sucede algo extraordinario: el público comienza a viajar junto a las actrices. No solamente entre dos épocas, sino entre sus propios recuerdos.

El tiempo se transforma. El pasado y el presente conviven durante unos instantes y, sin darnos cuenta, aquella estación madrileña se convierte en un lugar íntimo y universal.

Desde la dramaturgia y la dirección escénica, David Vélez planteó CHAMBERÍ con una intención muy concreta: llevar el realismo más puro al escenario para construir, a través de él, una metáfora sobre la vida.

No se trata de representar simplemente una estación de metro ni de reconstruir una época. Se trata de hacer que ese espacio resulte tan reconocible, tan cotidiano y tan verdadero que, casi sin advertirlo, el espectador pueda adentrarse en algo mucho más profundo.

Una estación es un lugar de paso. Un espacio donde las personas llegan, esperan, se encuentran, se despiden y continúan su camino. Como la propia vida.

Y es precisamente desde esa realidad aparentemente sencilla desde donde CHAMBERÍ comienza a desplegar su dimensión más poética.

La puesta en escena no necesita alejarse de lo cotidiano para hablar de lo extraordinario. Al contrario, encuentra en los gestos, las palabras, las miradas y los silencios la posibilidad de hacer visible aquello que muchas veces permanece oculto.

El resultado es una propuesta escénica arriesgada y, al mismo tiempo, profundamente íntima. Una historia que no pretende imponer emociones, sino permitir que cada espectador encuentre las suyas.

La memoria, la culpa y la ternura

La dramaturgia de CHAMBERÍ nos enfrenta a verdades que no siempre resultan cómodas.

A la memoria que permanece. A las palabras que nunca llegamos a pronunciar. A las decisiones que nos acompañan durante años. Y, especialmente, a esa culpa que a veces cargamos como si estuviéramos condenados a llevarla toda la vida.

Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos detener el tiempo?

¿Y si tuviéramos una última oportunidad de sentarnos frente a alguien a quien quisimos y que ya no está?

Quizá entonces comprenderíamos que la culpa ya no sirve de nada. Que no necesitamos ajustar cuentas con el pasado ni encontrar respuestas para todo. Que, ante quienes hemos amado, lo único verdaderamente importante sería poder hablar desde la ternura.

Porque tal vez no podamos cambiar lo que ocurrió, pero sí la manera en que decidimos recordarlo.

Esa es una de las verdades que CHAMBERÍ pone sobre el escenario y que, en Santanyí, sentimos que había conseguido llegar mucho más allá de las palabras.

Ochenta minutos de silencio. Y después, los aplausos.

Hay silencios que incomodan y otros que acompañan. El que vivimos en Santanyí fue de esos que se sienten desde el escenario.

Durante los 80 minutos de representación, un silencio denso, profundo, casi palpable, envolvió la sala. Un silencio que no era ausencia, sino presencia. La de un público que parecía respirar al mismo ritmo que las actrices, dejándose llevar por una historia que, poco a poco, también comenzaba a pertenecerle.

Y entonces llegó el final.

Aquel silencio que nos había acompañado durante toda la función se rompió en unos aplausos cálidos, cercanos, sinceros.

Fue uno de esos momentos que nos recuerdan por qué hacemos teatro. Porque no siempre hacen falta palabras para comprender que una historia ha llegado al otro lado del escenario.

CHAMBERÍ había cruzado el Mediterráneo. Y, de alguna manera, también había conseguido cruzar esa distancia invisible que separa a quienes cuentan una historia de quienes la escuchan.

Can Timoner: el valor de sentirse acogidos lejos de casa

Este comienzo de gira tampoco habría sido igual sin Jeroni Obrador, que nos abrió las puertas de Santanyí y nos acompañó en esta aventura.

Gracias a él pudimos alojarnos en Can Timoner, su preciosa residencia artística, una casa maravillosa donde nos sentimos acogidos y extraordinariamente cómodos.

Puede parecer un detalle menor para quien no conoce la vida de una compañía en gira, pero no lo es.

Cuando viajas con un espectáculo, los tiempos de descanso son escasos. Las jornadas son largas y las responsabilidades se multiplican. Encontrar un lugar donde poder descansar de verdad, recuperar fuerzas y sentirte como en casa es un regalo que se agradece enormemente.

Nos llevamos también esa hospitalidad, el cuidado y la generosidad con los que fuimos recibidos.

Porque el teatro no se construye únicamente sobre los escenarios. También se construye gracias a las personas que hacen posible que lleguemos hasta ellos.

Volver a casa con el corazón lleno

Hubo nervios. Muchísimos. También cansancio, incertidumbre, expectativas, ilusión y euforia.

Hubo que conseguir que todo encajara: que cada integrante del equipo llegara a su destino, que la escenografía cruzara el mar, que el montaje saliera adelante y que todos los pequeños engranajes de una gira funcionaran.

Y funcionaron.

La representación fue un éxito y, cuando llegó el momento de regresar a casa, nos llevábamos algo que no cabía en la furgoneta ni en ninguna maleta.

La satisfacción de haberlo conseguido. La emoción de haber compartido nuestra historia con un nuevo público. Y la certeza de que CHAMBERÍ todavía tiene muchos lugares a los que viajar y muchas personas con las que encontrarse.

Regresamos cansados, sí. Pero con el corazón lleno.

Y, sobre todo, con unas ganas inmensas de seguir llevando esta estación de metro allí donde haya alguien dispuesto a subir a ella.

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